rafael castillo

psicoanalista

agujeros negros como tu frente

1. ¿Qué fue lo que te acercó al psicoanálisis?

La música de los Beatles.

La respuesta a esta cuestión, conforme el tiempo pasa como es menester, es suficiente para dar cuenta de todas las vicisitudes que requiere el psicoanálisis en la propia vida de uno. De ahí que las preguntas vitales se reduzcan a una: si el origen real es irrepetible, cuál es el resto de esa materia, por demás imposible (la aplicación lógica totaliza los límites y produce, no cesa de escribir, simetrías).

En retrospectiva, desde una inquietud juvenil por la filosofía y con claro impacto ante su descubrimiento, mi primera aproximación al psicoanálisis se dio a través de la lectura, muy incipiente, de “La interpretación de los sueños”, y luego no muchos años después, ya como estudiante universitario, y dentro de un espontáneo grupo de trabajo, y llevada a término con apasionada reflexión, fue la lectura de los “Tres ensayos para una teoría sexual”. Y en un orden no histórico, desde (una lectura de) la pulsión de (supuesto) saber y/o la “portahabilidad” del (supuesto) gozo.

2. ¿Qué es ser psicoanalista?

Ser discurso analítico.

Se es algo, hablemos de lo que hablemos, desde una condición de posibilidad histórica y epistémica, es decir, discursiva, (parlêtre: ser sujeto hablado, en su “lalangue”), por eso dije “hablemos de lo que hablemos”, osea, se es psicoanalista desde un decir, desde cierto deseo de un no ser (dicho), desde el des-serlo, el des-ser el “objeto a”; “yo lo des-soy”, decía Lacan, (“yo lo desoigo”, también).

3. ¿Qué saber debe poseer el psicoanalista como tal?

El dialéctico, por ejemplo.

Desde el inconsciente transferencial, el psicoanalista sabe de su deseo, y de su goce, donde na hay saber instrumental hay consumación, dejando un resto que elaborado se hace saber, el manejo de la “transferencia”, y lo diferencial respecto a un otro estribará en saberse no poseído, saberse como no sabido, o también, saber estar en su puesto, un inconsciente real, en su.posición de saber, discurso, agalma, semblante, fetiche, “syntome”, o incluso “myto”.

4. ¿Ser psicoanalista es una decisión o una posición?

Es cumplir diferidamente el deseo, cuanto más decidido más localizado, y a veces muy local y poco posicionado.

Para ser psicoanalista, el sólo desearlo parece no ser suficiente pero lo es, y entonces hay que decidirse a serlo profesionalmente (tópicamente) para alguien, todo lo cual se traduce en un dispositivo clínico, una topología (en su imposibilidad), pues se trata de un supuesto lugar, y sólo para ese alguien será un lugar en tanto posición (deposición, etc.). El psicoanalista, pues, es alguien dispuesto, decidido, a ocupar su puesto, que será el de sostener un saber-su-puesto, el de la escucha de lo inconsciente, y por ende, la transmisión (transferencia de trabajo: restos de goce y sublimación) si es que hay pulsión de saber. Es una decisión que tiene su vaivén hystórico, “el sujeto del inconsciente” (el psicoanalista) es contingente y perecedero, sin embargo posicionarse, “tomar” posición, etc., ya se dice hay que “beber”, visualizar un tablero, etc. (serie abierta de “petites-a”) por excelencia es y será el autoanálisis en tanto que sostenido, sufrido y gozado, desde una posición de analizante, y no de analista.

El climax de esta posición, sin vaivén, no repetible, con pocos reflujos cuando existen, es la llamada del deseo otro (sólo sabemos que es “estadísticamente significativo” en sus rarezas cuando lo es), dentro del toro, anillo, por la exacerbación fetichista en un periplo social agalmático al tiempo que robótico, y no obstante, permanecer (o caer en el intento) en la comunidad y en cierta frontera. Si hay un hilo de goce fuera del discurso del Amo histérico hay que cogerse a ese filón, pero debo decir que si no hace syntoma mejor, dure lo que dure, y si lo hace deshacerlo en tiempo, para que el síntoma decaiga, se sublime (disipe) que mientras no se demuestre lo contrario es lo más parecido al bienestar (personal y familiar), “saber hacer con el síntoma” es saber que obliga, repide, repite, píde otra vuelta, de tuerca, al ruedo, etc. (serie recurrente de “petites-a”)

5. ¿La decisión de ser analista, es una decisión consciente?

Que sea una decisión consciente es lo deseable. Es más, uno asume ciertas cosas tan sólo cuando llega a ser consciente de ellas, se trate de lo que se trate, por tanto las decisiones sensatas van siempre de la mano de la conciencia (y en lo posible también de la inteligencia). Por eso, regularmente, si no sabemos de nuestros límites tan sólo somos unos atrevidos, y no estamos con la conciencia tranquila. En este sentido, uno llega a ser tan decidido como llega a ser consciente o consecuente. Entonces, en esta cuestión, será el reconocimiento del deseo lo que despeje lo que son asunciones atrevidas, incluso valientes, de lo que son decisiones. Por otra parte, ni la conciencia ni el inconsciente se sostienen recíprocamente, a la manera de una paridad articulada, entonces, sólo nuestro deseo (pulsión en última instancia) puede dar cuenta de esta, sugerente, dialéctica.

6. ¿Por qué decide alguien hacerse psicoanalista? ¿Qué pone ahí? ¿Qué saca? ¿Por qué, siéndolo, sigue en el empeño?

En gran medida, porque llegado un momento no hay vuelta atrás en las cosas del quehacer. Y en menor medida porque el déja-vu (las ensoñanzas diurnas) siempre nos acompaña … en la vida cotidiana.

Más que poner, ha de disponer de su apasionada búsqueda de la verdad, y así detraer su ignorancia y su no menos apasionado desconocimiento.

Porque además de ser un empeño subjetivo individual, también es el empuñe de un emblema objetivo en tanto que social o colectivo, pues desde ahí se arrostra la propia coherencia (la ética, única por aventajada) junto a las condiciones históricas que acarrea.

7. La decisión de hacerse psicoanalista, ¿tiene que ver con el deseo? ¿con qué deseo? ¿todos los psicoanalistas tienen el mismo deseo? ¿hay varios deseos que corresponden con ser analista?

En su fundamento cualquier decisión, cualquier voluntad, se corresponde con una demanda al tiempo que responde invariablemente a cierto deseo. Entonces, la decisión de hacerse psicoanalista pasa por una conciencia, una toma de posición que se formula junto a una demanda, elaborada de muy distintas maneras por cada aspirante (análisis didáctico), por la identificación de su deseo, fantasma, y en última instancia, la de su goce y sublimaciones.

El deseo del psicoanalista es el deseo del Otro barrado, por tanto, sólo a sabiendas de esto se puede hablar del deseo del psicoanalista. Y será aquel mismo deseo que en tanto sujeto lo impele sexual o genéricamente.

Por supuesto, si todos estamos bajo la misma ley de naturaleza libidinal, el sostén del deseo es el mismo para todos, analistas o no, sin embargo, los analistas pueden tener en común precisamente la identificación de su deseo, y de su género, a sabiendas de la imposibilidad de toda relación sexual.

Si el deseo es uno por genérico, como el narcisismo, y si aceptamos que en relación al deseo no hay distintas formas de ser psicoanalista, pero sí en cuanto a las demandas y deseos, éstos no serán distintos sino en lo que manifiesten de sexuados.

8. ¿Tiene algo que ver el trabajar con su ser para tomar la decisión de ser analista?

El ser, para hablar junto a Lacan, en principio, está en el verbo “des.ser” el objeto “a”, o si se quiere, en la histeria “parlêtre”. Se trata pues, en cualquier caso, de elaborar toda histeria (toda psicopatología), y desde ahí reconocerse como “ser hystórico” mediante un análisis, es decir, de saberse sujeto a un Otro, un inconsciente, que lo liquida, realiza, transforma a uno (en lo real, lo simbólico y lo imaginario), más acá o más allá de cuál haya sido la toma de decisiones. La decisión, pues, no es del orden del ser, al menos en el caso concreto de los analistas. Por eso podemos decir, siguiendo a Freud y Lacan, que hay tareas imposibles que requieren el mismo ser (sujeto supuesto saber) aunque no el mismo quehacer.

9. La decisión de ser psicoanalista ¿supone una aprehensión de lo real?

Lo real sobredetermina, falo y castración, son dos y son lo mismo, lo real vende y venderá (vendrá), psicoanálisis del futuro, lacan venderá cada día más (aún se le desconoce), lo aprehendamos o no, pero la decisión para un analista es la pugna continua por el lenguaje (no biliar), de apostar por ese real lacanino como transferencia de trabajo, real transmitido a la letra y a la palabra, a la ausencia del significante ausente (lacantropía), a la flotación, navegación, … y su transformación…materialista (por conquista).

10. ¿Se puede renunciar a ser analista?

Un analista nunca renunciará a ser psicoanalista, aunque llegado el caso, un analista puede renunciar a todo, teniendo en cuenta precisamente que el ejercicio de renuncia en cuanto tal es lo más caro al ser del analista.

11. ¿Se puede uno equivocar tomando la decisión de serlo?

Podríamo decir que para el equívoco se cuenta con el otro y la identidad plural. Así, la equivocación (equívoco, duplicidad, voces varias, misma vocación) forma parte de lo social y en ese sentido con todo lo que nos envuelve en lo ajeno, mientras que una decisión es propia, y en tanto consumada sólo cuenta para uno (finalmente, sea o no apropiada). Entonces, en este caso la equivocación no ha lugar, pues si algo no va bien tras haber tomado cierta decisión, será éste un asunto de otro orden (a sopesar, reconducir, …).

12. ¿Cómo sabe uno que ha llegado al final del análisis?

Saber uno sobre el final del análisis es anticipación, prolepsis, satisfacción, y también es la elaboración de un duelo transferencial donde cae la verdad del saber, lo contrario puede ser atrevimiento narcisista, histeria, obsesión, … que activaremos en lo real. También es de considerar el asunto de la transferencia con el analista, en cuanto que éste deja de serlo para uno, pero nunca es a sabiendas. Sin embargo, algún final es posible siempre y cuando, tu deseo, goce, sueños, lapsus, … tu “psicopatología de la vida cotidiana” no estén indicando todo lo contrario. Osea, cuando la vida cotidiana te es satisfactoria, has terminado un análisis, pues aunque el psicoanálisis como clínica se debe al tratamiento de un sujeto mortificado, no es ajeno a la satisfacción.

13. Hay dificultades para finalizar o concluir el análisis? Si es así, ¿cuáles y por qué?

Un análisis en tiempo y forma empieza como acaba: “apalabrado” (sin palabras) y por ello transferido, osea, en cierta medida fallido e inconsistente, he aquí su dificultad. Si bien, hay algo lógico que señalaría mínimamente ese término (temporal) transferencial, se trata de observar las huellas de la castración (con retorno) y en consecuencia, observar el trabajo resultante de la transferencia como un final de pérdida. Las dificultades, entonces, estarán en mediar y situar las formas simbólicas de esa transferencia y su cronología (de ese tiempo lógico para mirar, comprender y concluir), a sabiendas de su misma impostura, y por tanto, en establecerse como sujeto deambulante, itinerante, pero preñado de últimas palabras, que es como decir de últimas preguntas (pues en lo real siempre es la hora de la verdad). De este final incierto parece emerger no osbstante el deseo de un otro analista, pero en este punto diremos que esto es harina de otro costal.

14. Qué nos hace acercarnos y permanecer en el pase?

Previamente, una toma de decisión y posteriormente también una posición en el ámbito formalizado del seminario-pase, y porque acercarse al seminario, a la convocatoria-cuestionario del pase, supone cierto imaginario desde la eufórica inconsistencia de uno (“el pase” lo asocio con el juego de “chinches i caparres”, uno cruza a través del pasillo que forman los compañeros, andando tranquilo, a la consigna de “sanviçent”, o corriendo y protegiéndote, a la de “chinches y caparres”), junto al simbólico sufrimiento de los otros (el Otro, además de ser tonto lo pasa fatal), y el permanecer, supone atestiguar imaginariamente el sufrimiento de uno (los analistas también lloran), junto a la simbólica inconsistencia de los otros (que todo quede en un juego). No obstante, por así decir, lo real está en la imposibilidad de ambos movimientos, si bien, la escritura de todo ello, será su constatación. Es decir, si lo real del pase no cesa de no escribirse, sólo exclusivamente desde un ejercicio de escritura conseguiremos cierta lectura para atraparlo también en alguna medida, siquiera, la de su transferencia de trabajo (transmisión directa o diferida).

15. ¿Por qué hay tantas resistencias al pase?

La arbitrariedad de los lazos sociales o institucionales (son casi lo mismo) propios al régimen capitalista de producción social o institucional, desincentiva excursus paranoicos, porque, quien más o quien menos nadie “juega” (se divierte, pero también: se la juega) con las paranoias, es decir, con lo simbólico (la muerte, el sexo, la ley), sobretodo si es paranoico, salvo el histérico perfecto (que no existe como tal, exceptuando a Lacan), salvo el perverso, por ser precisamente un jugador, y salvo el psicótico, que no es que juegue con lo simbólico sino que, más bien, no tiene otro campo de juego (el autista no tendría siquiera un campo).

16. ¿Por qué, en general, nos cuesta tanto hablar en el pase?

Porque, tanto las palabras como los hechos, consumados, son hechos no deseados o palabras para no ser dichas, esto es, resulta caro no callar, pero callar aún más, de ahí que siempre estamos deseando concluir. La voz es siempre de su Amo, y la afonía, o el silencio, también.

17. ¿Qué papel juega en tu análisis tu analista: cómo lo has fantaseado, pensado, sentido, soñado…?

Efectivamente, “enjuagando su papel”, dado el lugar del analista, éste aún sigue ahí, para siempre jamás, y nos sigue constatando el plus de gozar en lo innumerable de lo simbólico y lo plural, así como en la ausencia singular de nuestro límite: fantasma, persecutorio e incestuoso. De esta manera quedamos anclados en cierta idealización como ausencia del deseo, en un impasse entre el deseo y el deseo del Otro, de un no deseo y el Otro, en tanto un deseo ausente de pulsión, carente de goce. Entonces, el papel, la carta (menú de ensoñaciones), sustraída queda a tu recaudo, en tu propia cartera: compartiendo tarjetas, facturas, billetes, carnets, fotografías, anotaciones,… construcciones metafóricas, construcciones simbólicas, y todo ello como resultado de un “inmenso amor en medio del desastre”; menuda papeleta.

18. ¿Por qué sigues en análisis?

Ahora no sigo, ahora cuento con trigo y con ratones. Pero si tengo oportunidad seguiré contando con más habitaciones.

19. En caso de estar analizándote o de haberte analizado, ¿podrías especificar momentos cruciales de cambio respecto a tu estructura?

El momento de apertura y el de cierre. Aún así, en el ínterin, todo queda como un vacío plenario, como un narciso sin espejo, como un deseo perenne pero también caduco, casi olvidado. Pasado el tiempo de concluir, hay un texto escrito dirigido a mi analista que me pone en evidencia, con claro retorno de lo que fue mi asunto: “la verdad se identifica en lo que no tiene: precio, límite, suficiencia. Yo no tengo precio si cuento contigo, aún de forma intermitente, ¿es viable, tienes tiempo para una entrevista, una puesta en común, una supervisión? ”

20. ¿A qué se dirigía tu transferencia?

A mis ansias, fantasmas, de verdad y de justicia, a un saber hacer, y a un vivir de manera consecuente.

21. ¿Cuál crees que es la función del psicoanálisis?

Creo que el psicoanálisis no funciona, más bien defunciona. De ahí su mérito.

22. ¿Qué momento del análisis precipita al analista?

En un tiempo de análisis, en su lógica y escansión, sobre todo el momento final, el de la caída transferencial, el del precipicio divertido (tobogán) y la ubicación de un goce.

23. ¿Por qué la necesidad del pase?

El pase es un sínthoma alrededor de un mitema propio al discurso psicoanalítico, al articular lo público, espectacular, de una virtud privada, en tanto ajena a lo profano y a lo divino. Es, en tanto opción, concluir públicamente sobre lo concluido privadamente, en tanto necesidad,. Ahí no hay ideal del yo, éste queda del tiempo anterior. El pase es un lazo social, convencional, concluyente pero contingente, si fuera necesario dejaría de ser el pase y pasaría a ser otra cosa, osea, es necesaria su contingencia –plural, social- para la conclusión final, límite, pero no exclusiva, ni necesariamente la última. El pase, el paseo, es peripatético, es el paseíllo del sexo con amor para sublimar la violencia, porque más acá, los farsantes persisten, y porque más allá también está la canalla (los que propagan el discurso del amo histérico y sádico).

24. ¿En qué momento incorporarse al pase?

Cualquier momento incorpóreo es bueno (es chanza), y en relación al pase, siempre es conveniente para la salud de un analista el pasearse (lo dicen los médicos).

25. ¿Cómo o cuándo se hace uno ahí sujeto, en el sentido de no estar, o asistir al pase?

El pase supone atestiguar mínimamente lo perverso de lo instituído, exhibir la gracia, mostrar el don, vencer a la muerte, … y en tanto que sea siquiera transitoriamente constituido, se trataría pues de crear, descubrir, desvelar, un discurso transitorio (no necesariamente transitivo, ni transicional, ni objetal) tan discreto como merezca el público asistente, gracioso, y lo más honesto y crítico posible.

26. ¿Es la castración el final del análisis?

La castración es la clave del asunto, tanto al final como en la posibilidad de su principio.

27. ¿Un final de análisis está en relación directa, en el tiempo, con una posición de analista?

De un análisis desarrollado, realizado, liquidado, consumado, discurrido, puede resultar un análisis diversificado en posiciones de analista, pero el deseo de ser analista y concretar la ubicación toposocial que conlleva es cosa de cada uno.

28. ¿Cómo ver finales de análisis y exámen del pase?

A través de una doble visión, la parcial y la total, la eventual y la constante, la preliminar y la concluyente, … de todo aquello que supone mirarse el ombligo, es decir, proponiendo vías de elaboración, o también de sublimación de cualquier mirada. Sobre todo, si la mirada examina hasta el ombligo.

29. ¿Cuándo empezar a analizar?

Cuando la cosa se tercia, si es que hablamos de trabajar en ello, y cuando uno se autoriza, si hablamos de palabras mayores.

30. ¿Por qué tanto rechazo a los tribunales del pase?

Diríamos los mismo, o algo parecido, a lo dicho más arriba, porque “sólo a la fuerza ahorcan”, o bien, “a todos los cerdos les llega su san martín” (o san valentín, que para el caso también vale).

Posdata: Le doy la gracias a Mampa, que nos ha propuesto este trabajo, con esta serie de preguntas, pues a su instancia he sido requerido a un notable esfuerzo, en particular provechoso.

 

Esta experiencia del Pase es simplemente lo que les propongo a quienes son bastante

sacrificados para exponerse a ella a los fines de tener una información sobre un

punto muy delicado y que consiste en que resulta totalmente anormal que

alguien que hace un psicoanálisis quiera ser analista…..¿por qué alguien que

sabe lo que es un psicoanálisis por su didáctico puede todavía querer ser

analista?…”

 

los discursos posibles –tareas imposibles- hasta este momento de mi estudio son tres:

 

LA MUERTE (DIOS, Amo Absoluto, el punto, el corte, la interpretación… Curar. LO REAL). El Padre

 

LO SEXUAL (un NO, repito, la nada seductora, el desencuentro fortuito, el equívoco coral, la insatisfacción sexual, … Educar. LO IMAGINARIO). La Virgen-Madre y El Hijo

 

EL ESTADO (la iglesia, la universidad, el capitalismo… Gobernar. LO SIMBÓLICO). El Espíritu Santo.

 

Se trata de ocupar el lugar del analista y en esto he anticipado algo, algo que se plantea con la pregunta siempre la misma ¿Puedo serlo? Autorizarse, eso todavía puede andar, pero serlo es otro asunto…..Aquí se forja evidentemente lo que enuncié

acerca del verbo des•ser. El analista yo lo des•soy, el objeto a no tiene ser•.

Por otro lado, Lacan siempre insistió en que lo que le lleva a un analizante al final es un cierto coraje para enfrentar el horror de saber, y lo que le lleva a querer ocupar el lugar del analista es algo que le permite soportar el horror de su acto.

En cualquier caso, es el Pase el que vino a poner en cuestión la aspiración a una posible formación “formalizada” del analista, es el Pase el que vino a desmoronar las suficiencias y es el Pase el que empuja a hablar no de formación ni de terapéutica sino de producción de un analista. Por un lado, la perspectiva del Pase empuja al no conformarse, a la no “con•formación”, si se puede decir, y eso también tiene sus efectos. Por el otro, parece exigir la presencia de un deseo de saber sobre el Pase en la comunidad analítica, en la Escuela, difícil deseo.

Hay reprimido. Siempre. Es irreductible.

Elaborar el inconsciente, como se hace en el análisis, no es nada más que producir su agujero. Freud mismo, lo recuerdo, lo indica.

Esto me parece confluir de un modo pertinente con la muerte.

Con la muerte que yo identifico por el hecho de que, “como el sol”, así dicen, no se la puede mirar de frente.

Por eso, lo mismo que cualquiera, no la miro. Hago lo que tengo que hacer, que es hacer frente al hecho, desbrozado por Freud, del inconsciente.

Ahí dentro, estoy solo.

Luego, está el grupo. Entiendo que “La Causa” aguanta.

– El cartel funciona. Basta con no ponerle obstáculos, salvo el vectorializarlo, cuya fórmula doy, y permutar.

– Un Directorio administra. Sus responsables, en el puesto por dos años – después de lo cual, cambian.

– Los asisten comisiones, por dos años también.

– Una Asamblea anual, llamada administrativa, se informará de la marcha de las cosas; instancia, ella, permanente.

– Cada dos años, un Congreso, al que todos están invitados.

– Un Consejo, por último, llamado estatutario, es garante de lo que instituye.

La Causa tendrá su Escuela. De donde procederá el A.M.E., ahora de la Causa freudiana.

El pase producirá el A.E. nuevo – siempre nuevo por serlo durante el tiempo de dar testimonio en la Escuela, o sea tres años.

Pues más vale que pase, este A.E., antes que ir derechito a encastrarse en la casta.

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