rafael castillo

psicoanalista

MUJERyEGOS

Nuestros ancestros ya desde antes del paleolítico nos dejaron tumbas y restos funerarios que significaban la muerte como primer relato de lo vivido e inacabado. Y cuando comprendieron el ciclo del nacimiento construyeron las figuritas de venus, que son la primera expresión de la maternidad y el reconocimiento del género. Entre ambos formaron un referente global entre la vida y la muerte, y en los mitos hablarán cada vez más sobre ese poder y la necesidad de su control y resignificación. La presencia del falo como símbolo viril de ese dominio será determinante.

Teniendo en cuenta que las relaciones entre los sexos se constituyen desde la comunicación, entonces, biológicamente hablando, nada impediría a un hombre aparearse con cualquier mujer. Pero hay modulación del asunto. Por una parte, dado que los neonatos humanos son cada vez más prematuros y dependen al máximo del cuidado, el tiempo de crianza aumenta y va creando vinculaciones diferenciadas, relaciones de confianza afectiva y apegos más o menos estables, creando lazos y relaciones sociales diferidas en forma de hábitos y costumbres. Y por otra, desde el momento en que los grupos familiares se van perfilando y asentando territorialmente, y tienen que competir al tiempo que buscar la alianza con otros grupos colindantes para poder perpetuarse, tanto interna como externamente, va surgiendo la necesidad de organizar sistemas de intercambio, y consolidar las regulaciones tanto de la exogamia como de la endogamia, definiendo fronteras tanto al comercio sexual entre tribus, como entre familias, como al interior de las propias familias (interdicción del incesto), que se desglosan luego en múltiples reglas que o bien obligan o bien prohiben, prescriben o proscriben, cierto tipo de enlaces formando redes de parentesco. Como la caracterización cultural del género es progresiva, no será sólo el dismorfismo sexual macho-hembra sino la práctica simbólica del poder de intercambio, y la división social que conlleva, lo que incline la balanza hacia la delegación masculina.

“A partir del momento en que me prohibo el uso de una mujer, que así queda disponible para otro hombre, hay, en alguna parte, otro hombre que renuncia a una mujer que por este hecho se hace disponible para mí”. El contenido de la renuncia se aplica a todos los hombres como condición de posibilidad de ser aceptado como uno más. Se puede renunciar a una u otra mujer precisamente para no renunciar a todas. De aquí nace el padre común, el padre del colectivo, el líderazgo será al mismo tiempo representación viril del poder (absoluto) y de la renuncia (absoluta). El hombre es potencia comedida desde la relación con la mujer y desde la relación con lo social, donde todos los hombres son iguales porque son padres por delegación. Desde la ley del más fuerte (¡edad de hierro!), el hombre queda investido representante tribal al garantizar y fundar un intercambio simbólico entre grupos, entre clanes, que lo hace intercambio no violento al reconducir mediante pautas regladas, aunque inestables, la pugna por la posesión de las mujeres y el territorio (derecho de pernada). Con la acumulación de poder (protocapitalismo), ese lugar tenderá hacia estructuras culturales y sociales muy verticales y asimétricas, derivando en excesos: monoteísmos despóticos, dinastías divinizadas, monarquías absolutas.

Así pues, la alianza matrimonial primitiva encarna una relación global de negociación, no entre un hombre y una mujer (Adán y Eva, y la Familia Sagrada nacen después) sino entre hombres que se condonan deudas. Conforme el nivel de supervivencia se estabiliza y el de alarma y agresividad decae, se expande el desarrollo cultural y colaborativo en toda la especie. A la par que se construyen los mitos de origen y destino del pueblo, se construyen relatos familiares emergentes que consolidan las pequeñas agrupaciones familiares con sus cuidados y propias maneras de crianza. A la par que el animismo y el culto a los muertos diversifica los ritos funerarios, también las conmemoraciones de exaltación festiva multiplica insignias y nuevas contraprestaciones. A la par que la socialización comunal promueve estratificación y división del trabajo, se promueve la producción y distribución de recursos. Así, la complejidad de la interacción cultural y el reconocimiento identitario, individual y colectivo, se establece mediante relaciones de reciprocidad con la totalidad del entorno natural (el totemismo primitivo es la concreción de todo esto). Resultado cultural del acuerdo y la mediación, estas «alianzas» van quedando articuladas como un sistema social de donaciones y contradonaciones. Hasta hoy: Don y Dona, (mujer, en valencià).

Durante miles de años y para todas las culturas la regla fundamental de exogamia del grupo conforma una red expansiva de alianzas que va perfilando al mismo tiempo un sistema matrilineal de parentesco endogámico: tendencia a la monogamia. Su fuerza fue tal que las primeras ciudades conocidas, hasta la aparición de los ayuntamientos, se organizaron por tribus y gentes, es decir, por consanguineidad y linajes; y conserva aún todo su vigor en algo tan importante como el nombre propio, que en todo el mundo es un significante genealógico que nos ubica en el complejo entramado social, geográfico e histórico (gentilicio). Situarse en la red familiar, o red sustituta, es lo que permite identificarse en el tiempo y en el espacio. Es por esta historia, real o imaginaria, por lo que se puede saber quién se es y de dónde se viene. Las familias transgeneracionales proporcionan un sentimiento de estabilidad, de permanencia, de pertenencia estructural, funcionan como sistema reglado de identificaciones primarias y secundarias, construyendo subjetividades cada vez más complejas y articuladas.

En la sociedad patriarcal la mujer tiene doble valor, valor de uso y valor de cambio, como mujer es objeto sexual y objeto de trueque, y como madre es sujeto de filiación y trascendencia. Como tal será metáfora de la comunidad (madre patria, alma mater), de la mediación, de la agregación, de la educación y la comunicación. Es madre (sujeto), es goce (sujeto-objeto), y es mercancía (objeto). Esa triple articulación la hace valor-signo primordial para el inicio del protocapitalismo, en tanto apropiación y acumulación de poder, y el nacimiento y exaltación del caudillismo y del padre celestial. El hombre no tiene valor de cambio, en tanto objeto cultural no será valor de goce sino de poder, sólo vale en su papel de héroe (o antihéroe). Y como mercancía será esclavo, soldado, mercenario que existe sobretodo por su valor gregario y numérico, elemento serial del padre simbolizado en la unidad de la fuerza. Será metonimia de la ley y el orden, portador exclusivo de la paz y de la guerra. ¿Sin escudo ni espada qué es un hombre? (casi el triple de suicidios). Por eso, la mujer en tanto protegida de la guerra y del rapto será siempre provisión de supervivencia material y simbólica. Sabemos lo que es una mujer de carne y hueso, objeto y sujeto, mujer y madre, un hombre de carne y hueso sólo es objeto, como sujeto individualizado no existe, para ser hombre-sujeto habrá que saber qué tipo de hombre desean las mujeres, una vez emancipadas previamente de la explotación patriarcal. ¿Falta mucho aún?

La familia conyugal que asocia dos compañeros que se han elegido más o menos libremente es una figura poco corriente en los primitivos y en la antigüedad. Estos rasgos que nosotros encontramos normales aparecen desde el primer siglo de nuestra Era, bajo la influencia del pensamiento estoico y el cristianismo. Entonces se formaliza un lazo conyugal fundante, en detrimento de los linajes, y basado en la trascendencia de los hijos que exigen cuidados y el sacrificio generoso de los padres (padre, hijo y espíritu santo / madre). Esta nueva alianza de sexo reproductivo, de filiación y de herencias (precapitalismo), conduce a separar a los individuos de su parentesco inmemorial y los enmarca en un claro doble proceso simbólico de gran nación (polis, imperio) y de pequeño grupo doméstico (familias). Lo que hoy conocemos como familia real (doble sentido) será el resultado de un secular y lento proceso de bifurcación de funciones de la institución del parentesco, que ha quedado cristalizada en lo macrosocial como el Estado (más o menos fuerte según épocas), y en lo microsocial como la Familia (extensa, nuclear, monoparental, homoparental. …), que en esta etapa de globalización parecen desagregarse en ambos niveles.

Por otra parte, el “pater familias” romano al que el código civil había respaldado en su prepotencia patriarcal ha visto hundirse sus estatus a consecuencia de las transformaciones culturales y jurídicas que tienen lugar desde principios del siglo pasado, paralelas a las crisis del capitalismo. Los hombres detentaban lo formal y lo público. Las mujeres lo informal y lo privado. Finalmente, la sociedad tecno-industrial ha introducido una nueva ruptura fundamental: el lugar de residencia, el lugar de trabajo, el lugar de ocio, el lugar de educación, … etc. están en continuo cambio lo que conlleva a deslocalizar espectativas, incluyendo la “deslocalización de los hogares”. En este contexto, parece correcto afirmar que el grupo doméstico pierde sus funciones tradicionales, especialmente la socialización afectiva y educativa. No obstante, estos cambios producen también el acceso generalizado de las propias mujeres a la formación, incrementando su participación en el trabajo y en la sociedad. Eso posibilita la ampliación de las expectativas vitales más allá del destino de esposa y/o madre; pero además, el trabajo supone independencia económica, equilibrando la capacidad decisoria de las mujeres en el matrimonio.

No obstante, los cambios críticos vendrán en los dos últimos siglos, primero de la mano de la madre burguesa e ilustrada, después será la emancipación de la mujer trabajadora, y por último ahora, donde todo anuncia a una mujer independiente pero sola. Así pues, la expansión del trabajo de las mujeres conjugado con un progresivo dominio de la contracepción tiene efectos considerables sobre la fecundidad, la libertad sexual, la divorcialidad, el distanciamiento y la reorganización de los roles en el conjunto de las relaciones familiares. La idea de igualdad entre los sexos se ha expandido en todos los sectores de la población. Pero este matrimonio “moderno”, a su vez, se ha convertido en símbolo, a finales de la pasada década de los ochenta, de un modelo que, si no está en vías de desaparición, sí tiene, al menos, la coexistencia significativa de otras formas de unión, a veces estables, a veces fortuitas, que rechazan la institucionalización. Así pues, a los interrogantes relativos al matrimonio contemporáneo debe tenerse en cuenta, como un dato a añadir, tanto el aumento del divorcio como el aumento de la unión libre.

Entonces, la familia contemporánea se ha reducido, encogido, replegado sobre la pareja. La comunicación y el trabajo grupal desaparecen. Habiendo dejado de ser un lugar de (re)producción común, está siendo un lugar común para el consumo. El paso del parentesco tribal a la familia extensa y de ésta a la nuclear no ha sido un proceso lineal pero sí continuo; a lo largo de él los lazos familiares han ido perdiendo definición paulatinamente. Disminuye el número de familias y aumentan los “singles”. La sociedad civil y la vida privada se organizan cada vez menos alrededor de hogares familiares. Esto tiene una clara explicación, el alargamiento de la vida, junto con la disminución radical de la mortalidad infantil, ha reducido notablemente la necesidad social de reproducción y, por tanto, la familia ha perdido importancia como institución. Parece que en ciertas sociedades avanzadas el futuro de la familia es progresivamente independiente del futuro de la sociedad, pues un sector creciente de ésta, gracias a los avances técnicos, se ha visto liberado de las necesidades reproductivas y, por tanto, de la familia convencional.

Muy actualmente se encuentra sometida a una doble tensión ya que por una parte, debido a un medio social atomizante, cargado de incertidumbres por la creciente competencia y la exigencia de fría racionalidad, éste tiende a comprimir y negar al máximo el elemento emocional, grupal y espontáneo propio del ámbito familiar, y por otra parte, el desequilibrio entre el micropoder del individuo y la macropotencia de la sociedad total, se agudiza de tal modo que a menudo inducen al primero a buscar una especie de refugio identitario en pequeños grupos, en asociaciones, y sobretodo en la familia. Además, como dijo Émile Durkheim, la familia es como una maqueta, miniatura, de la sociedad donde todo resuena, por eso expresa y confirma que en su seno puede existir bien la felicidad y la armonía, o bien la infelicidad y la disfunción social, en correspondencia directa con su entorno, más o menos inmediato.

La reivindicación de legitimidad pública de cualquier forma de organización familiar, refuerza la concepción democrática del matrimonio como asunto privado, y bastión de un espacio social singular y regenerativo. Al mismo tiempo, al nivel de las relaciones personales en las parejas, el nudo del cambio viene porque emerge una nueva mujer, ésa que deja de representar el papel de objeto de intercambio entre hombres. En las actuales familias ejercen su libertad: ¿hijos deseados, planificados, programados? ¿emparejamientos ocasionales? Sin embargo, los modelos familiares vigentes, heterogéneos y fronterizos, ya que la mujer sigue siendo utilizada por el sistema capitalista como objeto de explotación, son hoy también objeto de espectáculo y propaganda (los simpson). Al mismo tiempo, otro fenómeno que añadir a la creciente diversificación familiar viene con los nuevos matrimonios de libre género.

Así pues, a la noción de pareja fusionada de los años pasados, cuyo proyecto está inscrito en la permanencia, en la duración, le sustituye la negociación y la renegociación, la elección desde lo contingente y lo efímero. Y donde las figuras paternas, mediadas por un sistema social que las recrea como espectáculo e ideología, desplazan y subvierten a los padres reales de carne y hueso. El padre bueno y protector se disuelve y decae como le pasa al estado neoliberal y la madre nutriente pierde sus dones porque quien provee ahora es la sociedad de consumo (mercadona). Las instituciones líquidas son los remedos paternos formadores del ciudadano del futuro en un contexto de deprivación y carencias afectivas y confuso mercantilismo: el ochenta por ciento, es decir, la gran mayoría de familias estadounidenses son monoparentales, y los niños sólo conviven con uno de los congéneres, ¿la madre? ¿Son los nuevos hogares más democráticos? ¿son más felices?

Entonces, según sea la solución del conflicto entre los valores colaborativos, ¿femeninos?, y los competitivos, ¿masculinos?, y a su vez, según se resuelva la articulación política, social y económica del narcisista “ánimo de lucro” (afán de poder sin medida), clave de bóveda ideológica del capitalismo depredador que nos domina (que inocula insidiosamente desconfianza en las relaciones sociales y en los lazos familiares), podremos mirar el porvenir de las alianzas culturales y de género, con optimismo o con desesperanza (banca vs. deshaucios, nike vs. explotación infantil, recortes vs. precariedad, etc.).

Tras unas décadas de erosión y transformación notoria del autoritarismo patriarcal, sobretodo del doméstico, ya que en la sociedad global la tiranía sigue dominando bajo su máscara tardocapitalista, el futuro vendrá promocionado por nuevos perfiles y rasgos identitarios: mujer, hombre, trans, … maternidad, paternidad, infancia, … Junto a estas novedades el consumismo está cambiando el deseo y los goces, y también parece que se deslocalizan y desorbitan. Para una conciencia social difusa, narcotizada con marcas y slogans: ¿la satisfacción compulsiva del “gocéxito” puede suponer una vía de legitimación y afirmación del mundo feliz? ¿El amor conyugal sigue siendo un ideal? ¿Qué es una mujer libre, y qué tipo de hombre desea? ¿hay un ideal de lo familiar? ¿hay una sociedad idealizable? ¿hasta cuándo dividiremos a la sociedad entre triunfadores y perdedores? ¿el gran capitalismo y el intercambio mundial trabajan para la vida común y la supervivencia de la especie, o sólo para los machos y familias alfa? ¿el patriarcado sigue escondido en el poder de las élites? Parece que en nuestro planeta no tenemos competidores que amenacen nuestra supervivencia, salvo nosotros mismos.

Benimaclet, Valencia, 2017.
©Rafael Castillo Moliner. Psicoanalista

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